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Grandes Maestros del yoga

la tradición del yoga

En torno a: “El Mensaje bendito” Capítulo VIII

(Un homenaje al Dr. Serge Raynaud de la Ferriere)

En torno a: “El Mensaje bendito” Capítulo VIII
(Un homenaje al Dr. Serge Raynaud de la Ferriere)

Esa mañana salí de casa de mi madre, en las Lomas Verdes del norte de la ciudad, rodeado de colinas de ensueño y respirando la frescura del viento suave. Traía conmigo, en mi morral blanco tejido por mi abuela, un tesoro que quería compartir con él: ese capítulo de la novela que había estado escribiendo; según yo, la primer novela acuariana, de la Nueva Era.

Él me esperaba al atardecer de ese día, en un selvático paraje rodeado de altos e intrincados árboles, arbustos, lianas y flores de la más variada especie, entre algunos pocos senderos marcados por el paso del hombre. Yo estaba obnubilado con su esencia y presencia, desde el mismo día que lo conocí, aquélla madrugada de agosto que me abrió la puerta del Instituto de Yoga Sri Aurobindo, cuando cumplí, exactamente, mis quince años. Mi regalo fue ese. El mismo que rogué a mi madre cumplir desde mis siete años: tomar clases de yoga.

Este hecho, y los siguientes, están narrados en los capítulos de mi novela.

Desde que lo conocí, no dejé de asistir a todas mis clases de yoga, los martes, jueves y sábados de 7 a 9 y los miércoles y viernes de 6 a 8 am. Domingos a las 8. No dejé de asistir a sus charlas, y, también, cada mañana, a la celebración de la Ceremonia Cósmica para la Nueva Era que oficiaba, en aquél cuartito, al lado de su modesta habitación, en el primer piso de la Casa Sede Mundial de la Gran Fraternidad Universal.

Mientras caminaba por aquél verde hacia la terminal de autobuses, pocos meses después de abandonar la comuna donde tenía sede el grupo de teatro al que fui invitado, pensaba en él, insistente y alentadoramente. Estar a su lado, era participar de una gloria y perfección ajena a este mundo, una dicha indescriptible.

Ese noble anciano barbado, de largos cabellos blancos y voz fulminante como un rayo, era nuestro padre espiritual (mío y de mi hermano Adán Antonio): el Gran Gurú, a quien nos referíamos, sencillamente como: el Maestro Estrada.

Yo aún dudaba con el título de la novela, que por fin tendría varios títulos: “La Canción de Yang” ó con sus títulos: externo: “El Rock del Acuarius (Más allá de la onda)”, e interno: “El Secreto Eterno de la Generación Eléctrica (Amanecer con flores en tu pelo)”.

Lo que esa tarde le entregué, por fin al llegar a nuestro lugar de encuentro, fue el Capítulo VIII:

El Mensaje Bendito, para mí, el único capítulo que valía la pena leer. El capítulo más importante de todo el libro.

Es un largo texto escrito como una canción con el estilo poético del rock de la época (Dylan, Pink Floyd y otros), y está dividido en tres partes que refieren: el encuentro del Muy Digno MAESTRE S.W.K., con el Muy Sublime MAESTRE Mahatma Chandra Bala, y finalmente el encuentro de éste, con el Maha Gurú MAESTRE José Manuel Estrada.

mensaje bendito

Algunas de sus partes, nos habían sido transmitidas, directamente, por nuestro Maestro. Yo tenía entonces 18 o 19 años de edad. El lugar de nuestro encuentro fue: el Santo Ashram de Coatepec, que contaba, con escasas construcciones.

El Maestro me recibió en la terracita de la modesta casa donde habitaba con su familia: Carlota, su esposa, y su hijo Leoncio, con el que yo a veces había jugado de más niños.

El venerable Maestro estaba sentado, apaciblemente, en una silla de madera. Me saludó con nuestro saludo tradicional, deseándonos la paz uno al otro y en seguida hojeó y leyó, en silencio, algunos pasajes del texto, que yo había iniciado en 1972, cuando tenía sólo 17 años de edad y acababa de abandonar la comuna y sus dinámicas ajenas a mi forma de vivir. Ellas y ellos: drogas, alcohol y promiscuidad. Yo: vegetarianismo, abstinencias y fanatismo por el yoga.

Las aves revoloteaban cantando sus píos sobre nosotros, los insectos hacían su música cotidiana y yo permanecía en silencio. Por fin, después de hojear mi texto, me pidió que quitara algunos párrafos y referencias específicas. Le pregunté varias cosas que me sirvieron, más tarde, para incorporar al texto, y otras, muy personales, que tenían que ver con mis dilemas y retos cotidianos.

Al hablar del primer personaje de mi historia –y eso está en el capítulo al que me refiero-, me contó su experiencia con ese viejecillo que le dio libros y claves especiales, que apareció, a sus veinticuatro años, “en un terreno cortado donde hay una como cueva y una como casa con un corredorcito empalizado”. Allí se encontraba con ese “señor chiquito… así viejito con pelo largo y barba”, que no era el vagabundo que recogía el aserrín en las calles, como refiere mi texto poético. Y copio textualmente lo que él me dijo acerca de ese encuentro: “Los lunes lo veo, me enseña muchas cosas, me da un libro con todas las claves y un tesoro me espera, más allá de la ventana abierta…”

Un día, el viejecito le pide: “No traigas a ninguna mujer”, pero él falta a su palabra y cuando llega al terreno cortado, ya no estaba la bajada para entrar, ni la casita, ni el viejito peregrino ni el libro en su casa.

¿Quién era ese enigmático personaje? El Maestro Estrada se acicaló la luenga barba del cuello hacia el mentón, y recordó, entonces, al Muy Digno MAESTRE S.W.K.

¿“El tibetano” D.K. Djwal Khul a quien Alice Bailey habría servido de canal telepático, para dictarle su colección de libros con el título de: Iniciación humana y solar?, ¿el lama Lobsang Dorje para los budistas?, ¿Swami Budananda Saraswati para los hinduistas? O, simplemente: Nikolai Alexandre Zhitkov, nacido en Kalmykia, la única república europea rusa practicante del Budismo. S.W.K., El Mono Peregrino de la novela mitológica Yshi Yeou Ki o “Peregrinaje al Oeste”. En dos ocasiones, durante nuestro encuentro, el Maestro me dice: “Él se parecía mucho a mí”.

No fue sino muchos años más tarde, que supe, por un escrito que me compartió mi querido amigo Héctor Marcelli, de algunos de aquéllos detalles en la vida del Muy Digno S.W.K., y de sus los viajes a Sudamérica, donde estableció importantes contactos en Montevideo, la ciudad de Shangri-La y otros sitios de la región. Mi corazón palpitaba emocionado, a medida que leía ese texto, que refería los nombres y hechos relevantes de aquellas varias almas purificadas que se convirtieron en sus discípulos uruguayos y argentinos, quienes establecieron las primeras escuelas de yoga en el continente Americano, en: Montevideo, Argentina y Brasil.

En mi mente venían las imágenes de las pocas fotografías que nos han llegado de él. Su presencia había inspirado a aquellos corazones nobles, a quienes inició con el fuego de la verdad; entre ellos, al Muy Sublime MAESTRE Mahatma Chandra Bala unos años antes de una Misión de enorme trascendencia, que llevaría a cabo con el Maestro Estrada.

Lo que no sé hasta ahora, es si mi padre espiritual sabía de todos aquéllos encuentros de su Maestre, bajo el amparo y la luz del Muy Digno Sun, con aquéllas almas nobles, en Uruguay y Francia, que retomaron la inspiración, el espíritu y los linajes de: Sri Aurobindo Gosh, Swami Vivekananda, Babaji, Krishnamurti y otros grandes Maestros de sabiduría. Entre ellos, el swami Asuri Kapilananda, discípulo directo de Ramana Maharshi, con quien tiene el mismo fervor por: el dharsana Samkhya, el yoga y el budismo. Tampoco sé bien si mi padre espiritual sabía de la influencia directa que tuvo en Cyril Hoskin, el inglés que escribió “El tercer ojo” y se radicó en Canadá, cediéndole su nombre tibetano: Lobsang en “base a notas que le facilitó Nikolai” (El Maestre Sun). Dice el texto que Héctor me compartió: “…la misión de Cyril Hoskin (Lobsang Rampa) era que el libro se hiciera un besteller en el año 1956 cuando se conmemoraban los 2500 años del nacimiento budista y el fin del budhadharma antiguo”.

Tampoco sé si el maestro Estrada sabía de los innumerables contactos, estudios, iniciaciones y grados que adquirió, por esfuerzo personal, el Muy Digno Maestre Szoun y la enorme influencia de luz que expandía entre sus discípulos y conocidos. Entre ellos Felix Gouyot, a quien se deben todas las escuelas de yoga francesas y europeas de la época.

Según algunos discípulos, en el año de 1966, el Mono Peregrino dejó su cuerpo en Uruguay, y algunos de sus restos fueron llevados a su natal Kalmykia. Según otros, sus restos descansan en el Cementerio del Fin del Mundo, en Reijkiavyk, Islandia. En este capítulo VIII de mi novela, tuve que incluir varios hechos referidos en aquél artículo.

Pero en aquél entonces, cuando le llevé el texto a mi padre espiritual, el Maestro Estrada, me refirió, con especial afán, también el encuentro de este emblemático personaje con su Maestro: El Mahatma Chandra Bala. El segundo personaje de mi capítulo número VIII.

Recuerdo cuando comenzó a hablarme de él, su tono, su mirada y su postura lo evocaban como si allí estuviera. Me describió cómo era físicamente, su porte, su trato, su elegancia y humildad.

Estos son los hechos que he narrado para compartir: en el año de 1948 que aparece, en el aeropuerto de Maiquetía, en Venezuela, un excelso personaje de origen francés, para encontrarse con otro personaje, no menos excelso, nacido en Caracas, quien lo había esperado por largos años, sin saber exactamente quién sería o de dónde vendría. El visitante francés venía de una luminosa trayectoria como: científico, astrólogo, psicólogo y artista plástico, pero se reconocía, por sobre todos sus títulos y logros en diversos terrenos del saber, como: yogui.

Llega a Venezuela, con la idea clara de implantar una Misión, a la que llamará, externamente: Gran Fraternidad Universal, “en honor a la Grand Fraternidad Blanca de Omraam Mikhaël Aïvanhov, el verdadero padre y patriarca del surya yoga o yoga solar”.

Este hombre, de indudable rostro crístico, cuyas fotografías me acostumbré a ver desde mi adolescencia, me cautivó desde un principio.

En la India había sido reconocido no sólo como Mahatma Chandra Bala (Alma Grande. Hijo de la Luna), sino como una verdadero Enviado Especial o Avatar (Encarnación de Vishnú). ¿Por qué un hombre así, vendría a Caracas para encontrarse con alguien desconocido, que lo esperaba? Y ¿por qué un hombre humilde, como mi padre espiritual, esperaba a otro hombre desconocido, que vendría a transformar su vida entera?

La Misión de estos dos hombres sobrepasa cualquier consideración o crítica, y sería muy extenso repasar sus hechos y realizaciones. Tal y como en la vida de algunos grandes Maestros, las envidias, los ataques, la difamación de sus mensajes y acciones no se hacen esperar.

…hay verdaderamente una Hermandad Blanca y una Hermandad Negra adversarios de la verdad, de la Luz, del Verbo (Poesía) Eternal, siempre estarán dispuestos a calumnias terribles, infiltrando en los discípulos sinceros: semillitas de duda, palabras destructoras.

¡Qué fácil contar historias humanas a humanos!, nada difícil hacer creer cosas materiales a gentes materiales, rápido se mete la candela a la gasolina… dice el Mahatma Chandra Bala en un mensaje corto, que he transcrito, íntegro, en el capítulo VIII de mi novela.

Nacido un 18 de Enero, su aportación a la ciencia del yoga toma ahora gran relevancia.

Comencemos diciendo que quien fuera conocido también entre sus discípulos, como el Maestre (Maestro de Maestros), había estudiado y recibido la enseñanza del yoga, directamente, de labio a oído, de varios Maestros, reconocidos de la Sagrada Tradición, en la India. Pero el hecho significativo que dio un giro a su vida, fue poco antes de cumplir sus 33 años, al tener sus primeros encuentros con otro personaje excepcional: un Maestre tibetano, quien le dio a pensar la posibilidad de viajar al continente Americano, diciéndole, escuetamente: “Usted tiene una Misión en América”. Dicho primer encuentro fue en la Libraire Véga, en el Voulevard Saint-Germain.

El Maestre, como yogui realizado y liberado, después de haber obtenido “la única experiencia verdadera” o Samadhi, meta de todos los yoguis, había anunciado públicamente su retiro, para permanecer enmurado, en una especie de ataúd de piedra, en algún lugar secreto del Tibet o la India, para orar por la paz mundial. Pero la indicación del Maestro tibetano, miembro distinguido de la Agharta Shanga (Asamblea de Sabios que mantiene en cierto equilibrio el planeta), lo hizo dirigirse hacia nuestro continente y encontrarse con aquél humilde hombre, un tallista en madera, que lo había esperado por años: el futuro Maha Gurú (Gran Maestro) José Manuel Estrada, su primer discípulo.

Recordé entonces el recuento que hice de algunas fuentes antiguas, consignadas en este capítulo VIII de mi novela, que atestiguan la venida, o el regreso, de un gran espíritu encarnado entre humanos, como guía y símbolo de la verdad eternal en tiempos de oscuridad. Cuando la decadencia y la crisis espiritual parece consumir al mundo en su dolor. Son textos varios de literaturas antiguas y libros considerados como sagrados.

Es ÉL quien, rescata y sintetiza en su obra escrita máxima -el séptimo libro de la serie: “Los Grandes Mensajes”, conocido como: “Yug Yoga Yoguismo (Una matesis de psicología)”-, no sólo las bases tradicionales del yoga, sino una amalgama que une, en un conjunto armónico, “todas las creencias y concepciones”, y los estilos y escuelas más diversas del yoga, en su aspecto y aspiración esencial y más elevada.

Los grandes textos clásicos del yoga, desde: los Upanishadas, los Vedas, los Aranyakas, el Mahabarata, el Ramayana, el Hata Yoga Pradipika, el Gheranha Samhita, el Yoga Sutra de Patanjali y el mismo Bagavad Gita, son revisados, cuidadosamente por el Mahatma Chandra Bala, y recogida su quintaesencia, para ser puestos a disposición de los sinceros buscadores de la verdad; de los sinceros buscadores de la liberación final.

No sólo eso, el Maestre se ocupa, en su obra, de, prácticamente, todos los campos de la cultura y el saber humano de las grandes civilizaciones, como de nuestra modernidad. Desde los primeros pobladores de la tierra, los fenómenos naturales y el cosmos, el misterio de los dólmenes en Stonehenge y las matemáticas, las sociedades secretas como: los Druidas y los Esenios, los sabios y magos australianos, africanos (muy especialmente los egipcios), hasta: Freud, Tolstoi, Vivekananda, Einstein, Bach, Van Gogh o los habitantes originales de América. En su concepción y vivencia del yoga, el Maestre aporta la visión y ejemplo de un hombre verdaderamente universal, libre de sectarismos o banalidades. Y es el Maha Gurú Estrada, quien vive, experiencialmente y de manera muy concreta y eficaz, las nobles promesas del yoga. No fue sólo un gran iniciado, sino un yogui de verdad, al igual que su Maestre.

Proponen, el Mahatma Chandra Bala y el Maha Gurú Estrada, por ejemplo, el desarrollo de un equilibrio perfecto, por medio de la práctica de cuatro yogas principales: el hatha yoga, un yoga de las energías para la armonía del cuerpo físico, el karma yoga, un yoga del servicio impersonal para el equilibrio emocional, el gnani yoga, un yoga del estudio para el desarrollo intelectual y la sabiduría y el bhakti yoga, un yoga devocional, para la trascendencia o el desarrollo espiritual.

El modelo de vida que proponen a sus primeros discípulos, y que se complementará con el trabajo de las escuelas de iniciación que fundara el Maha Gurú Estrada, consiste en la práctica diaria de la sadhana (esfuerzo espiritual hacia un objetivo), o disciplina espiritual, disciplina virtuosa. Propone la vida de Ashram, en esos Centros de Desarrollo Integral, que consiste en una permanente integración de disciplinas de los cuatro yogas anteriormente mencionados. Una gimnasia psicofísica de coordinación mental y liberación emocional, que, además, tonifica los músculos y flexibiliza el cuerpo, al amanecer, el Ceremonial Cósmico para la Nueva Era por la mañana, la práctica de asanas al mediodía, estudio por la tarde y meditación poco antes de caer la noche.

Comida ovo lacto vegetariana, actividades recreativas o de estudio. El Maestre y su primer discípulo, el Maha Gurú Estrada, ponen en marcha un movimiento que se popularizará y tomará vertientes diversas, pero que, como lo planteara el Mahatma Chandra Bala, tendrá como centro y columna vertebral: el yoga. Pues según su saber y experiencia, el camino de entrada al sendero de la sabiduría verdadera, tanto como el camino de liberación no se da sino a través del yoga.

En la actualidad, es una realidad lo que hace 50 años el Maha Gurú Estrada decía a sus contemporáneos en edad, como a sus adolescentes y jóvenes discípulos: los hermanos Pacheco: Zoila e Ismael, Carlota de Estrada, los Michán, Dias Porta, Domingo Paredes Paredes, Maurita, Librada Keinmolet, el hermano Rosas, Zenaido Maldonado, los Aguirre: Elsa, Hilda y Jesús, la hermana Vicky Fernández, los hermanos Iglesias, los Marcelli y tantos otros: “El yoga y el vegetarianismo se harán moda”. Y de la misma manera sentenciaba: “Hay grandes Maestros para grandes discípulos, y hay mediocres maestros para discípulos mediocres”. Sus verdades eran, muchas veces insoportables para algunos, cuando de clarificar el mensaje de su Maestre se trataba. Por ello, cuando llegaban místicos o religiosos, fanáticos naturistas, esoteristas rebuscados o intelectuales viciosos, les aclaraba con conocimiento de causa: “esto es Iniciación Real”, y la columna vertebral de la Iniciación Real es el yoga.

Tal vez el Mahatma Chandra Bala como el Maha Gurú Estrada, sabían de antemano de la proliferación de desviaciones, charlatanes y “gurundangas”, como dijera el escritor José Agustín, en un futuro. En palabras del Maha Gurú, repitiendo una línea bíblica: “lobos vestidos de ovejas”. Es decir, aquéllos que repiten las frases hechas, pero huecas, de grandes Maestros, que se visten como si fueran sabios con nombres extravagantes, que cobran sumas exorbitantes por talleres, clases y conferencias o aquellas y aquellos que han hecho del yoga un espurio negocio de mercadotecnia, lucimiento personal de sus egos y de sus cuerpos de revista de modas. Y pese a ello, es claro que el yoga, y su pureza, persisten.

Otra aportación del linaje del yoguismo, presentado por el Mahatma Chandra Bala y sus discípulos, es el de un yoga: no sectario ni religioso, no comercial ni orientalista ni fantasioso ni misterioso. Un yoga simple, para el hombre y la mujer de hoy, sin entuertos de un supuesto esoterismo o elucubraciones paranoicas de extraterrestres, símbolos y señales confusas.

Los herederos del Maestre, sin duda se reconocen por sus hechos y su forma de vida. No hay otra forma de reconocer a un sabio de un charlatán, enseñaba el Maha Gurú Estrada, su primer discípulo, y lo describía con claridad y certeza. Él era un hombre sencillo, un hombre elevado, un sabio excepcional que presentó su mensaje y desapareció para evitar el endiosamiento del personaje, y los vicios y arrogancia de algunos quienes ostentan grados y alguna forma de poder o influencia entre sus inocentes y sinceros discípulos.

En aquélla época, cuando visité a mi padre espiritual, el yoga no se promovía tanto como ahora, como un negocio espurio de lucimiento de acrobacias, egos y cuerpos de revista de modas; no había sino tres o cuatro restaurantes vegetarianos a donde asistían sólo los ancianos, y esta horda de jóvenes rebeldes, de apariencia hippie, pero que practicaban, vehementemente el yama. Recordé también la enorme fotografía que colgaba del muro frontal, en la maltrecha Casa Sede Mundial y el Instituto de Yoga Sri Aurobindo, al subir las escaleras hacia la habitación, la oficina y el santuario privado del Maestro Estrada: es el Mahatma Chandra Bala, el Muy Sublime Maestre Avatar, vistiendo su atuendo templario, señalando hacia el obelisco que se yergue, majestuoso, en una plaza de París.

Más tarde, el MAESTRE dirá, a propósito de dicha fotografía: “Miren hacia donde señalo. No miren mi dedo”. Sin duda, su enseñanza viva palpita entre nosotros. Sin importar linaje, grado o procedencia. Cómo ÉL lo escribió en uno de sus Propósitos psicológicos: “Deberíamos llamarnos, simplemente: hermanos y hermanas”.

Ese encuentro con mi padre espiritual, sigue palpitando en mi corazón y en mis venas. Pero antes de despedirnos, le pregunté, directo y firme: “¿Y el Muy Sublime Maestre, murió ya?”. Entonces vino la respuesta que aparece en mi texto:


«¿Un yogui como él?

Yo no lo vi morir. ¿Cómo no iba yo a enterarme

siendo su primer discípulo?”

así me responde cuando le pregunto sobre su final

¿Qué la ceremonia sería en privado

con su familia? ¿Cuál familia si no tenía ninguna?

Ahora… lo que importa es lo que nos dejó.

Lo que importa es su mensaje”.

Un mensaje esperanzador, liberador y cierto. Probado y experimentado por sus verdaderos discípulos que viven como ÉL vivió: practicando el yoga, la unión, la integración con el todo, “en cada momento y en cada lugar”.

<a href="https://turevistadeyoga.com/author/sun-benjamin/" target="_self">Sun Benjamín</a>

Sun Benjamín

es el seudónimo de un Maestro de meditación y combate zen, perteneciente al linaje de la Escuela del Budismo tibetano del Vajrayana (El vehículo del Diamante o del Rayo). También es instructor de yoga en las tradiciones del yoguismo y del Swami Sivananda. Fue adoptado, espiritualmente por el Maha Gurú José Manuel Estrada y alcanzó el primer grado iniciático de Getuls. Sus textos van enfocados al desarrollo espiritual y al amor consciente. No pretende enseñar nada, sólo compartir y engrandecer su dicha y la de todos los seres. Respeta todas las líneas y linajes. Porque en la Gran Fraternidad Humana, cabemos todas y todos. Eligió ese seudónimo para honrar el trabajo y divina presencia del Muy Digno MAESTRE S.W.K.

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